El teléfono sonó a las diez de la mañana.
Camila estaba en el estudio. Los mismos planos de siempre. El mismo té que se olvidaba de beber. La misma luz de Madrid entrando por el ventanal como si el mundo exterior no tuviera ninguna prisa.
Miró la pantalla.
No era Julián.
Era Diego.
Se quedó mirando el número durante dos tonos completos. No por miedo. Por algo más parecido a la necesidad de llegar al teléfono con los pies en el suelo, con la respiración en su sitio, con la distancia justa entre