El apartamento tenía luz de tarde cuando llegaron.Camila había pasado el fin de semana preparándolo. No el apartamento entero. Solo la habitación que había designado para los niños. Una cama doble con sábanas azules, una mesita de madera, un espacio libre en el suelo para cuadernos y juguetes. Una estantería con tres libros que había elegido sin saber muy bien si eran los correctos.No era perfecto.Era honesto.Sofía entró primero.Cruzó el umbral y se quedó parada un segundo, lo justo para registrar el espacio. Luego se movió. Con la eficiencia de un inspector de hacienda, fue de habitación en habitación. La cocina: abrió y cerró el cajón del pan. El baño: probó el interruptor de la luz dos veces. El salón: se subió al sofá y se bajó del sofá. La habitación de los niños: se sentó en la cama, la probó rebotando dos veces, y asintió.—Está bien —dijo, con la autoridad de quien ha aprobado una obra.Leo entró detrás de Sofía.Más despacio. Miró el pasillo, la cocina al fondo, el salón
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