Emilia llegó a las cinco en punto.
Diego oyó el ascensor. Oyó sus pasos en el rellano. Los conocía: paso firme, ritmo regular, la cadencia de alguien que nunca arrastraba los pies aunque estuviera agotada.
Abrió la puerta antes de que llamara.
Se miraron un segundo en el umbral.
Emilia llevaba el abrigo azul marino que Diego le había visto ponerse cientos de veces. El pelo recogido. Sin bolsa esta vez. Solo las llaves en la mano, que dejó sobre la consola de entrada con un gesto tranquilo, sin