Julián llamó a las ocho en punto.
Camila tenía el café sin terminar y los planos de Lavapiés a medio desplegar sobre la mesa del estudio nuevo. Malasaña a las ocho de la mañana era ruido de bares abriendo y una luz de junio que entraba horizontal por las ventanas y lo dejaba todo con bordes demasiado nítidos.
Descolgó al primer tono.
—El juez aceptó la acumulación — dijo Julián. Sin preámbulo. Sin buenos días. Esa era la escala con la que medía las noticias: las buenas no necesitaban cortesía.