Don Raúl llegó con semillas.Laura lo vio desde la ventana del salón antes de abrir la puerta: la silueta familiar bajando del taxi con la bolsa pequeña en una mano y el bastón en la otra, moviéndose con ese ritmo cuidadoso que había adquirido en los últimos meses, cada paso medido sin que pareciera que lo estaba midiendo.Abrió la puerta antes de que llamara al timbre.—No cabe nada más en ese balcón —dijo Laura, mirando la bolsa.—Para la maceta nueva —dijo Don Raúl, entrando sin esperar invitación formal, como llevaba años haciendo.—Don Raúl.—Siempre cabe algo más.Dejó la bolsa en la silla del recibidor, el bastón apoyado contra la pared, y se dirigió al balcón con la misma naturalidad de todos los martes, como si el hospital no hubiera existido, como si las semanas anteriores hubieran sido simplemente un martes más en lugar del silencio que habían sido.Laura lo siguió.La buganvilla extendía ya sus ramas por la cuarta barandilla, las flores moradas más densas que nunca, aprove
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