El timbre sonó a las seis de la tarde de un jueves de julio.
Laura no esperaba a nadie.
Álvaro estaba en su consulta de los miércoles, que se había alargado como a veces hacía cuando un paciente necesitaba más tiempo del previsto. La casa estaba en el silencio particular de las tardes de verano en Chamberí, con el calor pesando afuera y el interior todavía fresco por el aire que entraba de la ventana del norte.
Fue a abrir.
Santi.
Con Valentina de la mano y una maleta pequeña a los pies, la mis