El espejo del baño, a las seis de la mañana, mostraba lo que siempre mostraba, pero hoy Laura se permitió mirarlo con más atención de la habitual.Las canas, ya extendidas por completo, sin ningún mechón oscuro que las disimulara. Las arrugas alrededor de los ojos, marcadas por décadas de sonrisas y de preocupaciones, de noches sin dormir y de mañanas como esta, contemplativas, tranquilas.Los ojos, sin embargo, seguían siendo los mismos.El mismo color, la misma forma, la misma intensidad que Laura reconocía desde las fotografías de su juventud, desde antes de Buenos Aires, desde antes de todo lo que había construido y reconstruido a lo largo de los años.—Hola —dijo Laura, al espejo, en voz alta.Era la primera vez que hacía eso.No supo explicarse del todo por qué, en ese momento específico, sintió la necesidad de saludarse directamente, como si el reflejo mereciera un reconocimiento formal en este día particular.Sesenta años.No quería fiesta.Se lo había dicho a Álvaro semanas a
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