El despacho de Laura, a las ocho de la mañana, tenía la luz tranquila que solo existe antes de que el resto de la casa termine de despertar.Las cuatro imágenes en la pared, ya familiares después de tanto tiempo, recibían la primera luz del día con esa quietud particular de los objetos que han encontrado su lugar definitivo.La caja, en el estante, esperaba con su peso conocido.El portafolio que Laura usaba ahora era distinto al que había cargado durante tantos años: más moderno, de cuero suave, comprado hacía apenas unos meses para reemplazar el anterior, que finalmente había mostrado señales irreparables de desgaste.Pero seguía siendo, en esencia, el mismo objeto que siempre había sido: el contenedor de lo que necesitaba llevar al trabajo cada día, los documentos, las notas, los proyectos en curso.Laura se sentó al escritorio.No tenía una tarea específica para esa media hora antes de que empezara realmente el día. Solo se quedó ahí, mirando alrededor del despacho, haciendo, sin
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