La enfermera se llamaba Rosario y llegó en mayo.Álvaro la contrató después de una semana en que Carmen había caído dos veces al intentar llegar al baño de noche. No caídas con consecuencias graves: el suelo de parqué, el ritmo lento de alguien que camina con cuidado, sin fractura, sin urgencias. Pero caídas al fin.Álvaro lo decidió sin consultar más: necesitaban a alguien que estuviera ahí cuando ninguno de los dos pudiera estarlo.Rosario tenía cincuenta y dos años y esa eficiencia específica de quien lleva veinte cuidando a personas al final de la vida: sin drama, sin eufemismos, sin el error de tratar a los enfermos como si ya no tuvieran criterio propio solo porque el cuerpo les fallaba más que antes.El primer día, Carmen la miró con desconfianza.—No necesito niñera —dijo Carmen.—Yo tampoco cuido niños —dijo Rosario—. Cuido a personas que saben lo que quieren pero que necesitan que alguien esté cerca.Fue suficiente. Carmen no discutió más.El segundo día, Carmen le preguntó
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