Estaba encima de la almohada.No debajo como la vez anterior. Encima: el papel doblado en dos, con el pliegue limpio y sin presión excesiva, la doblez de alguien que ya no necesita contener lo que hay dentro porque ha aprendido que lo que hay dentro puede estar en el mundo sin que eso lo destruya.La letra era más grande.Más segura.No la letra apretada y precisa del papel de los catorce años, la que cuidaba el espacio como quien cuida un recurso escaso. Esta era la letra de alguien que ya no tiene miedo de ocupar espacio en la página ni en ningún otro sitio. La letra de alguien que lleva dos años más siendo quien es.Laura la cogió.La abrió.No era una carta. Era un dibujo. Dos, en realidad: dos hojas pegadas por el borde, dobladas juntas. La primera en papel viejo, con la textura amarilla de los años y con el aspecto de algo que ha sido guardado con cuidado durante mucho tiempo, que ha vivido en algún cajón o detrás de algún cristal con la delicadeza específica que merece lo que n
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