La enfermera se llamaba Rosario y llegó en mayo.
Álvaro la contrató después de una semana en que Carmen había caído dos veces al intentar llegar al baño de noche. No caídas con consecuencias graves: el suelo de parqué, el ritmo lento de alguien que camina con cuidado, sin fractura, sin urgencias. Pero caídas al fin.
Álvaro lo decidió sin consultar más: necesitaban a alguien que estuviera ahí cuando ninguno de los dos pudiera estarlo.
Rosario tenía cincuenta y dos años y esa eficiencia específic