Esa tarde, el ambiente en la cocina de la villa se sentía mucho más cálido. Diego se había quitado la camisa de trabajo y se había remangado las mangas de su camiseta blanca. Estaba de pie justo detrás de Elena, que estaba ocupada picando verduras. Ella intentaba seguir la receta de una sopa nueva, pero su concentración se desvanecía constantemente. Cada vez que Elena iba a bajar el cuchillo, Diego le soplaba deliberadamente en la nuca o apoyaba la barbilla en su hombro. —Diego, basta. Podría cortarme un dedo si sigues así —protestó Elena entre risas, tratando de esquivar las distracciones de su marido. —El corte es demasiado grueso, cariño. Deja que te enseñe —susurró Diego. Tomó la mano de Elena desde atrás, guiando el cuchillo con movimientos lentos. Sin embargo, en lugar de prestar atención a las verduras, Diego empezó a besarle la sien, haciendo que Elena perdiera el hilo por completo. —No me estás enseñando, me estás molestando —dijo Elena dándose la vuelta para encararlo
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