Esa tarde, el ambiente en la cocina de la villa se sentía mucho más cálido. Diego se había quitado la camisa de trabajo y se había remangado las mangas de su camiseta blanca. Estaba de pie justo detrás de Elena, que estaba ocupada picando verduras. Ella intentaba seguir la receta de una sopa nueva, pero su concentración se desvanecía constantemente.
Cada vez que Elena iba a bajar el cuchillo, Diego le soplaba deliberadamente en la nuca o apoyaba la barbilla en su hombro.
—Diego, basta. Podrí