El aire entre nuestros rostros vibraba, denso como el mercurio a punto de hervir. Mi desafío colgaba en el silencio de la caverna: "Demuéstrame si puedes manejarla".Haldor no se movió. Su cuerpo masivo seguía inmovilizándome contra la roca fría, su cadera presionada obscenamente contra la mía, su erección dura marcando el territorio en mi muslo. Podía sentir el conflicto rugiendo bajo su piel sudorosa; el Alfa primitivo quería rasgar mi ropa, tomarme allí mismo sobre la piedra sucia y reclamar lo que mi loba le ofrecía en bandeja de plata. Pero el estratega, el Rey de las Sombras que había sobrevivido décadas en la oscuridad por pura disciplina, estaba luchando por el control.Lentamente, con una tortuosa deliberación, Haldor bajó la cabeza.Sus labios rozaron la comisura de mi boca. No fue un beso. Fue una promesa susurrada contra mi piel, húmeda y caliente.—Manejarte sería fácil, Sigrid —gruñó, su voz vibrando en mis huesos—. Podría tomarte ahora. Podría hacerte gritar mi nombre h
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