VIVIANAY así pasaron los días, con Juan cada vez más soberbio, más arreglado, más lleno de dinero y regalos, y con Elías cada vez más celoso, más pobre, más resentido. Viviana, atrapada entre ambos, empezó a sentir que su vida era una obra de teatro absurda, donde ella era la protagonista de una tragedia que no había elegido.Y entonces, como si el destino hubiera decidido que la tensión debía explotar, una noche Juan se levantó y le lanzó a Elías un paquete de billetes.—Toma, para que se compre unos zapatos; ya estoy cansado del olor del pegante con el que los remienda a cada rato…Elías lo empujó; los billetes volaron por el aire como mariposas verdes.—¡No me humilles más, desgraciado! —rugió, y se lanzó contra Juan.La casa se convirtió en un campo de batalla. Los dos hombres se golpeaban, rodaban por el suelo, levantaban polvo como toros en plena corrida. Las niñas lloraban, Viviana gritaba, los vecinos se asomaban por las ventanas.—¡Paren ya! —clamaba ella, con la voz quebrad
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