VIVIANA Los días empezaron a pasar con una mezcla curiosa de calma y angustia. Por las mañanas, Viviana se levantaba con la ilusión de que Juan consiguiera un trabajo estable, pero al llegar la noche, también él llegaba con la misma cara larga y la cabeza entre los hombros.—¿Cómo le fue? —preguntaba ella, con la niña en brazos.—Nada, que no me quieren, que no tengo experiencia certificada, que ellos me llaman, que no los llame —respondía él, rascándose la cabeza, como si la vergüenza se le escondiera en el cuero cabelludo.Al final, no hubo más remedio que aceptar lo de los helados. Y con el rabo entre las piernas fue a rogarle a Chambursi que los ayudara.—Por supuesto, el patrón necesita gente, vamos ya, yo voy para allá. —Chambursi, a pesar de todo, no dudó en ayudarles.—¿Y yo también puedo ir? —Viviana también quería ayudar en la economía del hogar.—Por supuesto, incluso las mujeres venden más que nosotros los hombres. Lucía vende más que yo; vamos, que de una nos dejan traba
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