La madrugada se abrió con un frío que mordía la piel y con un silencio que parecía burlarse de Viviana. Se levantó antes de que cantaran los gallos, preparó un café ralo y salió con la determinación de quien sabe que la vida no da tregua. Ya no bastaba con vender helados; las cuentas crecían como monstruos y las niñas necesitaban más que promesas.
—Don Román —le dijo con voz firme pero humilde—, ¿será que me deja vender otras cositas además de los helados? Mire que la gente siempre me pregunta