VIVIANA
La mañana se abrió con un aire pesado, como si el cielo supiera que Viviana estaba a punto de enfrentar un nuevo abismo. Caminaba con paso firme, aunque por dentro se sentía hecha de cenizas.
“Juan ya debe de estar en la cárcel; allí se puede pudrir para siempre”, ella pensaba mirando el horizonte.
Llegó al paradero y dejó pasar el bus y se sentó absorta, repitiéndose esa pregunta: “¿Y qué es lo que yo quiero?”
De repente, un rayo de sol rebotó con el espejo de un carro y le encandiló