El silencio en la Habitación de los Espejos era tan pesado que Elena podía escuchar los latidos de su propio corazón, un tambor frenético que golpeaba contra sus costillas. El hombre frente a ella, cuyo nombre Damián le había prohibido conocer, se acercó con una lentitud calculada. Era guapo, de una belleza simétrica y vacía, como un actor interpretando un papel. Pero sus manos, cuando finalmente rozaron los hombros de Elena, estaban muy vivas.Elena se estremeció. El contacto físico, después de semanas de soledad y desesperación, fue como una descarga eléctrica. Cerró los ojos con fuerza, buscando un refugio mental, pero la voz de Damián tronó a través de los altavoces ocultos, envolviéndola.—Abre los ojos, Elena. Míralo. Quiero que veas lo que te está haciendo.Ella obedeció por puro instinto de supervivencia. Al abrir los ojos, se vio reflejada mil veces en las paredes de espejo. Se vio a sí misma, pequeña y envuelta en encaje rojo, y vio al extraño que empezaba a deslizar los tir
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