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Capítulo 2: La jaula de oro y cristal

 

La mano de Elena se cernía sobre el papel, la pluma de oro pesaba como si estuviera forjada en plomo puro. Cada segundo que pasaba, el silencio en la oficina de Damián Blackstone se volvía más denso, casi sólido. Ella podía sentir la mirada del millonario fija en su nuca, una presión constante que no cedía. Finalmente, con un suspiro que sonó a derrota, deslizó la punta sobre el pergamino.

Elena Rivas.

En el momento en que terminó el último trazo, Damián se enderezó. No hubo una sonrisa de triunfo, ni un gesto de alivio. Simplemente tomó el documento y lo guardó en un cajón con una frialdad que heló la sangre de Elena.

—Bienvenida a mi mundo, Elena —dijo él, su voz era ahora un susurro aterciopelado—. Desde este instante, dejas de ser una mujer con deudas para convertirte en mi activo más valioso. Mi secretaria te entregará las llaves de tu nueva residencia. Tienes dos horas para recoger lo esencial de tu antigua vida. El resto será desechado.

—¿Desechado? —preguntó ella, con la voz temblorosa—. Señor Blackstone, tengo fotos, recuerdos...

—Recuerdos que pertenecen a una mujer que ya no existe —la cortó él, volviendo a su ventanal—. En este contrato, el pasado es un estorbo. Solo importa lo que yo vea a partir de ahora.

El santuario de las sombras

Dos horas después, Elena se encontraba frente a una mansión de estilo modernista en las afueras de la ciudad. Era una estructura de hormigón, acero y cristal, rodeada por un bosque espeso que parecía ocultarla del resto del mundo. Un equipo de seguridad la escoltó al interior, donde el lujo era tan minimalista que resultaba agresivo.

Lo que más le llamó la atención no fueron las obras de arte originales ni los suelos de mármol radiante, sino las paredes. En casi todas las habitaciones principales, grandes paneles de espejo cubrían los muros. Espejos impecables, profundos. Elena se detuvo frente a uno en el pasillo principal y se vio a sí misma: una mujer pequeña, con ojeras y ropa desgastada, que parecía una intrusa en aquel palacio.

No sabía que, del otro lado de ese espejo, Damián Blackstone estaba sentado en una habitación a oscuras, observándola.

Damián sostenía una copa de cristal con whisky puro. Sus ojos azules no se apartaban de la imagen de Elena en la pantalla. Verla allí, tan frágil y confundida, le provocaba una oleada de dopamina que hacía años no sentía. Para Damián, el contacto físico era una trampa, un recordatorio de la piel quemada y los gritos de su infancia; un trauma que lo había dejado incapaz de soportar que otra persona lo tocara sin sentir un pánico visceral. Pero observar... observar era seguro. Observar era poder.

—Mírate, Elena —murmuró Damián para sí mismo en la oscuridad—. Tan asustada. Tan perfecta.

Él no quería enamorarse. El amor era una debilidad que su padre le había arrancado a golpes años atrás. Su plan era simple: usar a Elena como un lienzo. Quería ver cómo otros hombres la exploraban, quería capturar cada reacción química de su cuerpo bajo la lente de sus cámaras de alta resolución, y así, entender el placer sin tener que arriesgar su propia integridad física. Pero había algo en la forma en que ella se mordía el labio inferior, una mezcla de resistencia y sumisión, que empezaba a filtrar un veneno nuevo en sus venas: la obsesión.

La preparación del "Activo"

Una mujer de uniforme gris, llamada Martha, interrumpió los pensamientos de Elena. —Señorita Rivas, es hora de su preparación. El primer evento es mañana por la noche. El señor Blackstone es muy meticuloso con la estética.

Elena fue conducida a un spa privado dentro de la mansión. Durante las siguientes cuatro horas, fue sometida a un proceso que se sintió más como una restauración de una pieza de museo que como un tratamiento de belleza. Le exfoliaron la piel hasta que estuvo rosada y suave, le trataron el cabello con aceites caros hasta que brilló como la seda oscura, y sus uñas fueron cortadas y pulidas a la perfección.

Mientras la arreglaban, Martha le explicaba las reglas, que no estaban en el contrato escrito, sino en la voluntad de Damián.

—Nunca debe mirar directamente a los espejos si siente que hay alguien detrás —advirtió Martha mientras le aplicaba una mascarilla—. El señor Blackstone valora la naturalidad. Usted debe actuar como si estuviera sola, o como si el hombre con el que está fuera el único en el universo. Si rompe la cuarta pared, el contrato se anula y las deudas regresan.

Elena sintió un escalofrío. Estaba en una pecera. Un juguete de lujo diseñado para el deleite de un hombre que se escondía en las sombras.

La primera intrusión

Al caer la noche, Elena fue llevada a su habitación. Era una suite inmensa, con una cama king-size vestida con sábanas de seda negra. Sobre la cama, había una caja de terciopelo. Al abrirla, encontró un vestido de encaje rojo, tan fino que era casi transparente, y una nota escrita a mano con una caligrafía impecable:

"Mañana, a las nueve. El invitado llegará. No preguntes su nombre. Solo sé la mujer que él desea y la visión que yo necesito. No me falles, Elena." — D.B.

Elena se dejó caer en la cama, llorando en silencio. Se sentía sucia antes de que nada hubiera pasado. Pero entonces, la puerta de la suite se abrió ligeramente. No fue Damián quien entró, sino un dispositivo electrónico: un pequeño dron de vigilancia silencioso que se situó en la esquina superior del techo. Una luz roja parpadeó.

Él la estaba viendo.

Damián, desde su búnker de monitores, vio las lágrimas de Elena. Verla llorar debería haberle provocado lástima, pero en su lugar, sintió un tirón de posesividad en el pecho. Quería entrar allí, secar sus lágrimas y decirle que estaba a salvo, pero su mente le recordó el dolor del contacto. Así que se limitó a aumentar el zoom de la cámara, enfocándose en la curva de su cuello, en la forma en que su pecho subía y bajaba con los sollozos.

—Llora ahora, Elena —susurró Damián, acariciando la pantalla con las yemas de los dedos—. Mañana, te enseñaré que hay placer en la rendición. Y yo estaré allí para capturar cada segundo.

Esa noche, Damián no durmió. Pasó las horas configurando los ángulos de las cámaras de la "Habitación de los Espejos". Había seleccionado cuidadosamente al primer hombre: un modelo profesional, alguien sin escrúpulos que sabía seguir órdenes. Pero mientras miraba el perfil del hombre, un sentimiento extraño, amargo y ardiente empezó a crecer en su estómago.

Eran celos. Celos de un hombre al que él mismo estaba pagando para que tocara a la mujer que ahora consideraba suya.

Damián apretó el vaso de whisky hasta que sus nudillos se pusieron blancos. El experimento estaba comenzando, y las reglas que él mismo había impuesto estaban empezando a asfixiarlo. No solo quería verla; quería que ella supiera que él era el único dueño de su placer, incluso si era a través de manos ajenas.

El amanecer de la entrega

A la mañana siguiente, Elena se despertó con el sonido de la puerta abriéndose. Un desayuno opulento la esperaba, pero ella apenas pudo probar bocado. El miedo era un nudo en su garganta.

A las ocho de la noche, Martha regresó para ayudarla con el vestido rojo. Al ponérselo, Elena se sintió expuesta, vulnerable y, extrañamente, hermosa de una manera peligrosa. El encaje se adhería a sus curvas como una segunda piel.

—Es hora —dijo Martha.

Elena caminó por los pasillos silenciosos hasta llegar a una puerta de metal pesado al final del ala este. Al entrar, se encontró en una habitación circular. El suelo era de terciopelo blanco. Las paredes, de nuevo, eran espejos que se extendían hasta el techo. En el centro, un diván de diseño. La iluminación era tenue, cálida, diseñada para resaltar cada tono de la piel.

—Póngase en el centro, señorita —dijo una voz por el intercomunicador. Era la voz de Damián.

Elena obedeció, parándose en medio del terciopelo. De repente, una parte de la pared de espejos se deslizó, y un hombre alto, atractivo y de mirada depredadora entró en la habitación. Él no dijo nada, simplemente la recorrió con la mirada de arriba abajo, siguiendo las instrucciones que ya le habían dado.

Detrás del cristal unidireccional, a solo unos metros de ella, Damián Blackstone sintió que su corazón martilleaba contra sus costillas. Sus palmas sudaban. El trauma le gritaba que se alejara, que la intimidad era destrucción, pero su obsesión lo mantenía encadenado a la silla.

—Empieza —ordenó Damián a través del auricular del hombre.

Elena cerró los ojos, esperando el primer contacto, sabiendo que en algún lugar de esa habitación, los ojos azules del hombre que ahora era su dueño estaban devorándola, comenzando un juego de suspenso y pasión del que ninguno de los dos saldría ileso.

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