Mundo ficciónIniciar sesiónEl silencio en la Habitación de los Espejos se volvió asfixiante. La mano de Damián seguía sobre la mejilla de Elena, un contacto que desafiaba años de aislamiento autoimpuesto. Para él, la piel de Elena no era solo piel; era un campo de minas. Cada centímetro que tocaba disparaba una señal de alerta en su cerebro, un eco de los gritos de su pasado, pero al mismo tiempo, una sed de posesión que nunca había experimentado lo anclaba al lugar.
Elena no se movió. Podía sentir el calor que emanaba de la palma de Damián, una vibración casi eléctrica que delataba cuánto le costaba mantener ese simple contacto.
—Señor Blackstone... está temblando —susurró ella, con una mezcla de ternura y miedo.
Damián retiró la mano bruscamente, como si se hubiera quemado. Retrocedió un paso, recuperando esa máscara de frialdad que era su armadura. Sus ojos azules, sin embargo, seguían fijos en ella, dilatados por una adrenalina que no tenía nada que ver con los negocios.
—No vuelvas a mencionarlo —sentenció él, con la voz quebrada—. El contrato ha cambiado. No habrá más hombres. No habrá más "invitados". Me di cuenta de que no soporto ver cómo otros ensucian lo que me pertenece.
Elena se ajustó el vestido rojo, que seguía caído sobre sus hombros. La palabra "pertenecer" debería haberla ofendido, pero en ese entorno de espejos y secretos, sonaba como una promesa de protección.
—¿Y ahora qué? —preguntó ella, dando un paso hacia él—. Si no hay otros hombres, ¿cuál es mi función? ¿Seguir viviendo en esta jaula mientras usted me observa desde las sombras?
Damián soltó una risa amarga y se acercó a ella con una rapidez que la dejó sin aliento. Esta vez no la tocó con las manos, pero su cuerpo quedó a milímetros del de ella.
—Ahora, Elena, serás mi sombra. Comerás conmigo, dormirás en la habitación contigua a la mía y, sobre todo, aprenderás a vivir bajo mi mirada constante. Quiero saber qué piensas, qué sientes, qué te hace gemir cuando nadie te ve. Quiero poseer tu mente antes de siquiera pensar en reclamar tu cuerpo de nuevo.
Esa noche, por primera vez, no hubo cámaras de alta resolución separándolos. Damián ordenó que la cena se sirviera en el gran comedor de la planta noble. La mesa era excesivamente larga, un símbolo de la distancia que él ponía con el mundo, pero esa noche obligó a Elena a sentarse a su derecha, rompiendo el protocolo de su propia soledad.
Elena lucía un vestido de seda negro, sencillo pero elegante, que Martha le había entregado. Damián no probó bocado. Se limitó a beber vino tinto, observando cada movimiento de Elena: la forma en que sostenía el tenedor, cómo se limpiaba la comisura de los labios, la manera en que evitaba mirarlo directamente a los ojos.
—Dime tu mayor secreto, Elena —dijo de repente, rompiendo el tintineo de los cubiertos—. Y no me hables de deudas. Quiero saber qué es lo que te mantiene despierta cuando las luces se apagan.
Elena dejó la copa sobre la mesa y lo miró. —El miedo a ser invisible, señor Blackstone. Pasé toda mi vida trabajando para pagar errores ajenos, siendo una sombra para que otros brillaran. Pensé que este contrato me daría libertad, pero solo me ha cambiado de dueño.
Damián apretó el tallo de su copa. Las palabras de ella le dolieron de una forma que no esperaba. —La visibilidad es un arma de doble filo, Elena. Yo pasé mi vida tratando de ser invisible para sobrevivir.
—¿Por qué? —preguntó ella, bajando la voz—. ¿Qué fue lo que le pasó que lo dejó tan... roto?
Damián se tensó. Por un momento, el comedor pareció oscurecerse. Las sombras de las velas bailaron en las paredes de mármol. El trauma, ese monstruo que vivía en el sótano de su memoria, asomó la cabeza.
—Mi madre era una mujer hermosa —comenzó él, su voz era ahora un hilo de seda fría—. Y mi padre era un hombre que amaba demasiado... de la forma equivocada. Él creía que el amor era control. Ella intentó huir tres veces. La última vez, él decidió que si no podía tenerla, nadie lo haría. Me obligó a mirar, Elena. Me obligó a ver cómo destruía la belleza porque no podía poseerla.
Elena sintió un nudo en la garganta. El voyerismo de Damián no era una perversión sexual simple; era una herida abierta. Él miraba porque era la única forma en que aprendió a "estar" sin ser destruido.
Después de la cena, Damián la acompañó a su habitación. Pero al llegar a la puerta, no se despidió. Entró con ella.
El dron de vigilancia ya no estaba en el techo. En su lugar, el aire estaba cargado con una tensión que ningún dispositivo podía captar. Damián se acercó a la cama y se sentó en el borde, indicándole a Elena que se acercara.
—No puedo dormir, Elena —confesó él, mirando sus propias manos—. Cada vez que cierro los ojos, veo el contrato. Veo a ese hombre tocándote. Y me odio por haberlo permitido. Pero me odio más porque ahora que te tengo aquí, mi cuerpo me traiciona.
Elena se arrodilló frente a él, quedando a la altura de sus rodillas. Con una valentía que no sabía que tenía, tomó las manos de Damián entre las suyas. Él dio un respingo, sus músculos se tensaron como cuerdas de piano, pero no se alejó.
—No tiene que ser como lo que vio de niño —susurró ella—. Usted no es su padre. Y yo no soy una víctima. Estoy aquí por mi propia voluntad ahora.
Damián la miró, y por primera vez, Elena no vio al millonario arrogante, sino al niño herido que seguía buscando seguridad en las sombras. Él se inclinó hacia ella, enterrando su rostro en el hueco de su cuello. No hubo sexo, no hubo cámaras. Solo hubo el sonido de dos respiraciones tratando de encontrar un ritmo común.
Sin embargo, en el mundo de Damián Blackstone, la paz era un espejismo.
Mientras él se aferraba a ella, en el piso de abajo, una de las pantallas de seguridad del búnker se encendió. Alguien había hackeado el sistema. Una imagen de Elena en la Habitación de los Espejos, del capítulo anterior, estaba siendo enviada a una dirección anónima.
El suspenso estaba a punto de golpear la puerta. Alguien más los estaba observando, y ese alguien no buscaba placer, sino venganza.
Damián levantó la cabeza, su instinto de cazador alertándolo de que algo no estaba bien. Miró a Elena con una intensidad renovada, una mezcla de amor naciente y una obsesión protectora que rozaba la locura.
—Nadie te volverá a tocar, Elena —juró él, su voz volviéndose oscura de nuevo—. Porque el que lo intente, descubrirá por qué me llaman el dueño de las sombras.







