Inicio / Romance / Bajo su mirada: El contrato millonario / Capítulo 5: El eco de la traición
Capítulo 5: El eco de la traición

 

La noche en la mansión Blackstone nunca era realmente oscura; siempre había una luz parpadeante, un monitor encendido o el reflejo de la luna sobre el cristal. Pero para Elena, esa noche se sentía como si estuviera caminando por el fondo de un océano de tinta. Damián seguía aferrado a ella en la habitación, su rostro oculto en su cuello, respirando su aroma como si fuera oxígeno en medio de un incendio.

—Damián... —susurró ella, usando su nombre de pila por primera vez. El sonido pareció romper el trance del millonario.

Él se tensó y se separó de ella con una brusquedad que la hizo tambalear. Sus ojos azules, antes nublados por la vulnerabilidad, recuperaron ese brillo gélido de control absoluto. Se puso de pie y se ajustó la chaqueta, aunque no había nadie más que ellos en la habitación. Su armadura volvía a estar en su sitio.

—No debí permitir eso —dijo él, su voz recuperando la distancia—. La familiaridad es el primer paso hacia la pérdida del control. Mañana volveremos a la estructura del contrato.

—¿La estructura? —Elena se puso de pie, sintiendo una punzada de indignación—. Me acabas de contar cómo tu padre destruyó a tu madre por control, y ahora pretendes volver a tratarme como a una pieza de ajedrez. No soy un monitor, Damián. Soy la mujer que te sostuvo las manos mientras temblabas.

Damián no respondió. Caminó hacia la puerta, pero antes de salir, se detuvo. —Esa es exactamente la razón por la que eres peligrosa, Elena. Porque me haces olvidar por qué miro desde lejos.

La brecha en la seguridad

Damián no fue a su dormitorio. Bajó directamente al búnker, el santuario tecnológico desde donde gobernaba su imperio y vigilaba su posesión más preciada. Se sentó frente a la consola principal, rodeado de docenas de pantallas que mostraban cada rincón de la propiedad.

Sus dedos volaron sobre el teclado, buscando la paz que solo el código y los algoritmos le daban. Pero algo estaba mal. Una pequeña luz roja parpadeaba en la esquina del monitor tres. Un acceso remoto no autorizado.

—Maldita sea... —gruñó.

Al abrir el rastro de la intrusión, su sangre se convirtió en hielo. No era solo un hacker buscando dinero. Era un mensaje directo. En la pantalla central, se reprodujo un bucle de video: era la escena del Capítulo 3. Elena en el vestido rojo, el hombre extraño acariciándola y, lo más importante, el momento en que Damián irrumpía en la habitación, perdiendo los estribos.

Bajo el video, apareció un texto en letras escarlatas:

"El observador ha sido observado. ¿Qué dirán tus accionistas cuando vean que el puritano Damián Blackstone usa su fortuna para financiar sus fantasías más oscuras? El precio del silencio es la mujer. Entrégala, o el mundo verá cómo se rompe tu juguete."

Damián sintió que las paredes de su búnker se cerraban sobre él. El trauma de su infancia no era solo el recuerdo de la violencia; era el recuerdo de la impotencia. De niño, no pudo proteger a su madre. De hombre, había construido una fortaleza de cristal para que nadie pudiera volver a lastimar lo que él amaba. Pero el cristal es frágil.

El despertar de la bestia

Damián no esperó al amanecer. Subió a la habitación de Elena y entró sin llamar. Ella estaba durmiendo, una imagen de paz que contrastaba violentamente con la tormenta que él traía en el pecho. La observó durante un minuto, debatiéndose entre su necesidad de alejarla para protegerla y su obsesión de mantenerla encadenada a su lado.

La obsesión ganó.

—Elena, despierta —dijo, sacudiéndola suavemente por los hombros.

Ella abrió los ojos, confundida y asustada por la intensidad en el rostro de él. —¿Qué pasa? ¿Es otra prueba?

—Alguien sabe del contrato —soltó él sin anestesia—. Alguien tiene imágenes. Están intentando chantajearme. Quieren que te entregue.

Elena se sentó de golpe, la sábana cayendo de sus hombros. —¿Entregarme? ¿A quién? ¿Qué van a hacerme?

Damián se sentó en la cama y, esta vez, no hubo vacilación. La tomó por la nuca y la atrajo hacia él hasta que sus frentes se tocaron. —Nadie te va a tocar. He pasado años construyendo una muralla alrededor de mi vida, y si tengo que quemar el mundo entero para que sigas a salvo en mi mirada, lo haré. Pero necesito que entiendas algo: ya no eres una empleada. Ya no eres una sumisa por contrato.

—¿Entonces qué soy? —preguntó ella, con el corazón martilleando.

—Eres mi debilidad —confesó él con una voz cargada de una pasión oscura—. Y por eso, vas a ser mi mayor secreto. A partir de ahora, no saldrás de esta casa. No hablarás con nadie más que conmigo. El mundo pensará que has desaparecido.

La rendición absoluta

El miedo en Elena se mezcló con algo más profundo, algo eléctrico. El hecho de que un hombre tan poderoso estuviera dispuesto a arriesgar su imperio por ella despertaba una lealtad feroz en su interior. Ella sabía que Damián estaba obsesionado, que su amor era una forma de control, pero en su vulnerabilidad, ella encontró una fuerza que nunca supo que poseía.

—Si voy a estar escondida, si voy a ser tuya en la oscuridad... entonces quiero que seas tú el que me toque —dijo Elena, desafiándolo con la mirada—. No quiero más hombres, Damián. No quiero más espejos. Si este es el fin del mundo para nosotros, quiero saber qué se siente ser reclamada por el hombre que me observa.

Damián sintió que el último vestigio de su cordura se quebraba. El trauma seguía ahí, gritándole que el contacto era peligro, pero el deseo por Elena era una fuerza de la naturaleza.

Se inclinó y, finalmente, sus labios se encontraron con los de ella. Fue un beso hambriento, desesperado, que sabía a años de soledad y a una promesa de destrucción mutua. Damián la tumbó sobre las sábanas de seda, sus manos explorando su cuerpo con una urgencia que no tenía nada de clínica. Cada caricia era una batalla contra sus propios demonios.

—Te voy a destruir, Elena —susurró él contra su piel, mientras sus dedos desabrochaban el camisón de ella—. No sé cómo ser un hombre normal. Solo sé cómo ser un dueño.

—Entonces sé mi dueño —respondió ella, entregándose al abismo.

Esa noche, bajo la mirada de nadie más que ellos mismos, el contrato fue sellado con algo mucho más vinculante que una firma: con la entrega total de dos almas rotas. Damián descubrió que el placer de tocar era mil veces más adictivo que el de mirar, y Elena descubrió que estar bajo la obsesión de Damián era el lugar más peligroso y excitante de la tierra.

El giro final

Mientras ellos se perdían el uno en el otro, en una oficina a kilómetros de distancia, un hombre joven y de rasgos similares a los de Damián observaba las fotos de Elena en una tableta. Era Julián Blackstone, el hermano menor que todos creían muerto en el accidente que marcó a Damián.

Julián sonrió con una malicia que reflejaba la misma oscuridad de su hermano, pero sin la restricción del trauma. —Disfrútala mientras puedas, hermano mayor —murmuró Julián—. Porque lo que tú observas, yo lo quiero poseer. Y voy a empezar por quitarte lo único que te hace humano.

El suspenso acababa de volverse personal. El enemigo no era un extraño; era la propia sangre de Damián, y venía por la única mujer que había logrado romper el cristal que lo protegía del mundo.

Sigue leyendo este libro gratis
Escanea el código para descargar la APP
Explora y lee buenas novelas sin costo
Miles de novelas gratis en BueNovela. ¡Descarga y lee en cualquier momento!
Lee libros gratis en la app
Escanea el código para leer en la APP