Mundo ficciónIniciar sesiónEl monitor principal del búnker de Damián parpadeaba con una luz carmesí que bañaba las paredes de acero en un tono sangriento. Las imágenes del hackeo seguían ahí, burlándose de él. Pero no era el video lo que hacía que las manos de Damián temblaran de una rabia gélida, sino el rastro digital que el intruso había dejado a propósito.
Damián conocía ese código. Era una firma personal, un lenguaje de programación que él mismo había enseñado a alguien hace años. Alguien que debería estar bajo tres metros de tierra.
—Imposible… —susurró, su voz apenas un eco en la sala vacía.
Sintió un vacío en el estómago. El trauma de su infancia siempre había tenido una cara: la de su padre. Pero Julián, su hermano menor, había sido la víctima colateral que Damián no pudo salvar del incendio que consumió su hogar años atrás. O eso creía. Si Julián estaba vivo, y si Julián era quien estaba detrás de la pantalla, la seguridad de Elena no era solo una cuestión de dinero o reputación. Era una cacería.
Mientras tanto, en la planta superior, Elena caminaba de un lado a otro en su habitación. El encuentro íntimo de la noche anterior había cambiado algo en la atmósfera de la casa. El aire ya no se sentía cargado de fría observación, sino de una posesión eléctrica.
Se acercó a la ventana que daba al bosque. La mansión Blackstone estaba rodeada por cámaras térmicas y sensores de movimiento, pero por primera vez, Elena sintió que los ojos que la seguían no eran los de Damián. Era una sensación física, un escalofrío que le recorría la nuca cada vez que se acercaba al cristal.
De repente, vio algo. Un destello metálico entre los árboles, a unos doscientos metros. No era una cámara de la mansión. Era un lente de largo alcance.
Elena retrocedió, golpeando accidentalmente un jarrón que se hizo añicos en el suelo. Antes de que pudiera reaccionar, la puerta de su habitación se abrió de golpe. Damián entró, con el rostro desencajado y una pistola enfundada en la cintura, algo que ella nunca le había visto llevar.
—¡Al suelo! —rugió él, lanzándose sobre ella.
Damián no la rodeó con sus brazos; la empujó hacia el rincón más alejado de la ventana, usando su propio cuerpo como escudo, pero manteniendo esa distancia milimétrica que su trauma le exigía cuando sus niveles de ansiedad se disparaban.
—Damián, vi a alguien… en el bosque —jadeó Elena, con el corazón en la boca.
—Lo sé. Ya están aquí —respondió él, sacando una tableta de su bolsillo. Las cámaras exteriores estaban siendo desactivadas una por una—. No es un hacker cualquiera, Elena. Es alguien que conoce cada punto ciego de esta casa. Alguien que sabe cómo pienso.
Damián conectó la tableta al sistema de audio de la habitación. Un zumbido estático llenó el espacio antes de que una voz juvenil, pero cargada de una malevolencia pura, surgiera de los altavoces.
—Hola, hermano mayor. Veo que finalmente has roto tu regla de oro. ¿Se siente bien tocarla o todavía tienes miedo de que se rompa como mamá?
Damián cerró los ojos, sus nudillos tornándose blancos mientras apretaba la tableta. —Julián… —el nombre salió de sus labios como una maldición.
—¡Bingo! —la voz de Julián rió—. Me decepcionas, Damián. Tanto dinero, tanta tecnología, y te has dejado distraer por una mujer con deudas. Ella es hermosa, lo admito. Incluso a través de mis lentes de visión nocturna se ve… deliciosa. Casi dan ganas de entrar ahí y enseñarle lo que un hombre de verdad puede hacer sin esconderse detrás de un cristal.
—Si te acercas a ella, te mataré con mis propias manos —amenazó Damián, su voz bajando a un nivel de ferocidad animal.
—No creo que puedas hacerlo. Para matarme, tendrías que tocarme. Y todos sabemos que el gran Damián Blackstone se desmaya si siente el calor de otro cuerpo por demasiado tiempo. Quédate en tu pecera, hermano. Yo me encargaré de que Elena tenga la libertad que tú no puedes darle.
La conexión se cortó. El silencio que siguió fue más aterrador que las amenazas.
Damián miró a Elena. Ella estaba pálida, temblando, dándose cuenta de que el contrato millonario la había metido en medio de una guerra fratricida.
—Él viene por mí, ¿verdad? —preguntó ella en un susurro.
Damián no mintió. —Él quiere lo que yo valoro. Y por primera vez en mi vida, he cometido el error de dejar que alguien vea lo mucho que te valoro a ti.
En ese momento, Damián tomó una decisión que iba en contra de toda su naturaleza. Caminó hacia el panel de control oculto tras la cabecera de la cama y desactivó el "Modo Observación". Las luces de las cámaras de la habitación se apagaron. Los espejos dejaron de ser unidireccionales.
—¿Qué haces? —preguntó Elena.
—Si él puede vernos, la tecnología no es segura. A partir de ahora, la única seguridad eres tú y soy yo. No más cámaras, no más intermediarios —Damián se acercó a ella y, desafiando el pánico que empezaba a subir por su garganta ante la idea de la intimidad forzada por el peligro, la tomó de las manos—. Vamos a bajar al búnker secundario. Es el único lugar que no construí con él en mente.
Mientras bajaban por los pasillos oscuros, Elena pudo ver el colapso del imperio de Damián. Los guardias de seguridad no respondían por radio; Julián los había neutralizado o comprado. La mansión, que antes era una fortaleza de cristal, se había convertido en una trampa transparente.
Llegaron al ascensor de servicio, pero antes de entrar, una granada de humo estalló en el vestíbulo principal. El gas empezó a llenar los pulmones de Elena. Damián la empujó dentro del ascensor y cerró las puertas justo cuando las siluetas de hombres armados aparecían al final del pasillo.
Dentro del pequeño espacio del ascensor, Damián comenzó a hiperventilar. El espacio cerrado, el contacto inevitable con Elena debido al poco espacio y el estrés del ataque estaban provocando un ataque de pánico.
—Damián, mírame —dijo Elena, tomando su rostro con ambas manos. Ella no esperó a que él se alejara. Lo obligó a fijar sus ojos azules en los de ella—. No estás en el incendio. No eres un niño. Estás conmigo. Y si quieres protegerme, tienes que estar aquí, conmigo.
Damián luchó por respirar. El contacto de las manos de Elena era lo único que lo anclaba a la realidad. Poco a poco, su respiración se estabilizó. La obsesión por ella fue más fuerte que el trauma de su pasado.
—Eres… eres mi único punto ciego, Elena —logró decir él, su voz ronca de emoción—. Y por eso, eres la única que puede salvarme.
El ascensor se detuvo, pero no en el búnker. Se detuvo en el garaje subterráneo. Las puertas se abrieron y allí, sentado sobre el capó de uno de los autos deportivos de Damián, estaba un hombre joven, con una sonrisa idéntica a la de Damián pero cargada de locura. Tenía una tablet en una mano y una pistola en la otra.
—Hola, familia —dijo Julián, bajándose del auto con elegancia—. Es hora de que el contrato pase a un nuevo dueño.
Damián dio un paso al frente, interponiéndose entre el arma de su hermano y Elena. El drama ya no era una cuestión de miradas. Era una cuestión de sangre.







