Mundo ficciónIniciar sesiónEl silencio en la Habitación de los Espejos era tan pesado que Elena podía escuchar los latidos de su propio corazón, un tambor frenético que golpeaba contra sus costillas. El hombre frente a ella, cuyo nombre Damián le había prohibido conocer, se acercó con una lentitud calculada. Era guapo, de una belleza simétrica y vacía, como un actor interpretando un papel. Pero sus manos, cuando finalmente rozaron los hombros de Elena, estaban muy vivas.
Elena se estremeció. El contacto físico, después de semanas de soledad y desesperación, fue como una descarga eléctrica. Cerró los ojos con fuerza, buscando un refugio mental, pero la voz de Damián tronó a través de los altavoces ocultos, envolviéndola.
—Abre los ojos, Elena. Míralo. Quiero que veas lo que te está haciendo.
Ella obedeció por puro instinto de supervivencia. Al abrir los ojos, se vio reflejada mil veces en las paredes de espejo. Se vio a sí misma, pequeña y envuelta en encaje rojo, y vio al extraño que empezaba a deslizar los tirantes de su vestido. Pero lo que más buscaba, de forma inconsciente, era el rastro de la mirada de Damián. Sabía que él estaba ahí, en algún punto detrás del cristal, devorándola.
Del otro lado del cristal, en la oscuridad absoluta de su sala de observación, Damián Blackstone estaba al borde del colapso. Sus manos apretaban los reposabrazos de su silla de cuero con tanta fuerza que las costuras empezaban a ceder.
Ver a Elena bajo las manos de otro hombre era una tortura exquisita. Había diseñado este escenario para sentir placer, para saciar esa sed de intimidad que su trauma le impedía realizar por cuenta propia. Pero la realidad era distinta a la fantasía. Al ver los dedos del extraño acariciando la piel de porcelana de Elena, un fuego negro y amargo empezó a lamerle las entrañas.
—Más cerca —ordenó Damián por el auricular del invitado, con la voz ronca—. Bésala. Quiero ver su reacción.
El hombre obedeció. Tomó el rostro de Elena y la besó con una intensidad que la hizo jadear. Elena, atrapada entre el miedo y una respuesta biológica traicionera, se aferró a los brazos del desconocido. En su mente, trataba de imaginar que ese aroma a sándalo que sentía en la oficina de Damián era el que la rodeaba ahora, pero el extraño olía a algo diferente, a algo que no era él.
Damián vio cómo Elena arqueaba la espalda, cómo sus dedos se hundían en los bíceps del hombre. El monitor de frecuencia cardíaca que Elena llevaba oculto en su muñeca empezó a pitar más rápido en la pantalla de Damián. Ella estaba sintiendo algo. El placer estaba empezando a nublar su miedo.
Y eso fue lo que rompió a Damián.
Él no quería enamorarse. Se repetía a sí mismo que ella era solo un "activo", un experimento de laboratorio para estudiar la respuesta humana al deseo. Pero al verla así, tan expuesta y vulnerable, una necesidad de posesión animal anuló sus años de terapia y sus barreras de seguridad.
—Basta —susurró Damián, pero el hombre no lo oyó; el auricular se había desconectado en el fragor del encuentro.
En la habitación, el invitado estaba bajando el vestido de Elena, revelando la curva de sus pechos. Su mano bajó hacia su cintura, y Elena dejó escapar un gemido que resonó en la sala de observación como un disparo.
Damián se puso de pie de un salto, tirando la copa de whisky al suelo. El cristal se hizo añicos, igual que su fachada de frialdad. Por un segundo, el trauma de su pasado —la imagen de su madre siendo lastimada, el sonido de la violencia que lo dejó marcado— intentó paralizarlo. Pero la imagen de Elena perteneciendo a otro fue más fuerte que su miedo al contacto.
—¡He dicho que basta! —rugió Damián, esta vez por los altavoces generales.
El hombre en la habitación se detuvo en seco, confundido. Elena, temblando y con el vestido a medio caer, miró a su alrededor, buscando la fuente de la voz.
—Sal de aquí —ordenó Damián al invitado—. Ahora. O no vivirás para cobrar tu cheque.
El hombre no esperó una segunda advertencia. Se ajustó la ropa y salió por la puerta lateral, dejando a Elena sola en el centro de la habitación, envuelta en el silencio ensordecedor de los espejos.
Elena se cubrió con las manos, sintiéndose más desnuda ahora que estaba sola que cuando el extraño la tocaba. —¿Señor Blackstone? —susurró hacia la nada—. ¿Hice algo mal?
De repente, una sección de la pared que ella creía sólida se abrió. No era una puerta ordinaria; era el panel del cristal unidireccional. Por primera vez, Damián salió de las sombras y entró en la luz de la habitación de los espejos.
Su aspecto era desastroso comparado con su usual perfección. Su corbata estaba floja, su camisa desabrochada en el cuello y su respiración era pesada. Se detuvo a dos metros de ella, esa distancia de seguridad que siempre mantenía. Pero sus ojos... sus ojos no eran los de un observador clínico. Eran los de un hombre hambriento.
—¿Por qué lo detuvo? —preguntó Elena, con una mezcla de alivio y una extraña decepción que no supo explicar.
—Porque no puedo soportarlo —confesó Damián, su voz vibrando con una furia contenida—. Pensé que ver sería suficiente. Pensé que tenerte bajo mi mirada saciaría este... este vacío. Pero verte con él...
Damián dio un paso adelante. Elena retrocedió hasta que su espalda chocó contra uno de los espejos. Estaba atrapada entre el cristal frío y el fuego que emanaba de Damián.
—Usted puso las reglas —le recordó ella con un hilo de voz—. Usted dijo que no me tocaría.
—Mentí —dijo él, y por primera vez, Elena vio miedo en el hombre más poderoso que conocía—. Me mentí a mí mismo, Elena. El contrato decía que yo observaría a otros hacerte el amor, pero la verdad es que cada segundo que pasas en esta casa, solo puedo pensar en que eres mía. Solo mía.
Damián extendió la mano. Sus dedos temblaban violentamente. Era la lucha interna de un hombre que asociaba el contacto con el dolor, enfrentándose a una obsesión que lo obligaba a cruzar la línea.
Cuando finalmente sus dedos rozaron la mejilla de Elena, ambos soltaron un suspiro ahogado. La piel de Damián estaba ardiendo. Para él, tocarla fue como tocar el sol después de una vida en el invierno. Para ella, fue la confirmación de que el verdadero peligro no eran los extraños del contrato, sino el hombre que la miraba desde las sombras.
—Este es el fin del contrato original, Elena —murmuró él, acercando su rostro al de ella, ignorando el pánico que gritaba en su cabeza—. Ahora empieza uno nuevo. Uno donde no hay otros hombres. Solo tú, yo y mi mirada.
Elena lo miró a los ojos y supo que el drama apenas comenzaba. Damián Blackstone no estaba enamorado, no todavía. Estaba poseído por una obsesión que amenazaba con consumirlos a ambos.
—¿Y qué pasará si me enamoro de usted? —preguntó ella, desafiante a pesar de su temblor.
Damián apretó su mandíbula y se inclinó hasta que sus labios casi rozaron los de ella, aunque no llegó a besarlos. —Entonces, Elena, ambos estaremos perdidos. Porque yo no sé cómo amar sin destruir lo que toco.







