El eco de las explosiones controladas seguía retumbando en el búnker de mantenimiento, una sinfonía de destrucción que sellaba las salidas de la mansión. Damián guardó el detonador, su rostro contraído en una mueca de resolución fría. La adrenalina de la fuga y la confrontación con Julián, unida a la explosión de su propia represión, lo habían transformado. El hombre que había temido el contacto ya no existía. Había sido reemplazado por una bestia territorial.
Elena lo miró, su cuerpo aún tembl