El aire en el garaje subterráneo estaba impregnado del olor a caucho quemado, gasolina y el rastro metálico del miedo. Damián se mantenía como una estatua de mármol frente a Elena, su cuerpo vibrando con una furia que luchaba contra el entumecimiento de su fobia. Frente a ellos, Julián Blackstone jugueteaba con el cañón de su arma, trazando círculos invisibles en el aire con una despreocupación que resultaba insultante.
—Siempre tan protector, Damián —se burló Julián, dando un paso adelante. Su