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El sonido de la lluvia golpeando contra los cristales de la oficina de Blackstone Enterprises era lo único que llenaba el pesado silencio del piso 50. Elena Rivas apretaba su bolso desgastado contra su pecho, sintiendo que el cuero barato era el único escudo que tenía contra el mundo de opulencia que la rodeaba. Sus manos temblaban, pero no por el aire acondicionado a máxima potencia, sino por el sobre que llevaba en su bolsillo: una orden de desalojo y la última factura médica de su madre que no podía pagar.
—El señor Blackstone la recibirá ahora —dijo la secretaria con una voz tan gélida como la decoración de mármol del lugar.
Elena tragó saliva y asintió. Se puso de pie, tratando de alisar su falda de segunda mano, y caminó hacia las puertas dobles de madera oscura. Al entrar, el aroma a sándalo y cuero caro la envolvió.
Damián Blackstone no estaba sentado tras su escritorio. Estaba de pie frente al ventanal, de espaldas a ella, observando la ciudad bajo la tormenta. Su silueta era imponente: hombros anchos, un traje gris hecho a medida que gritaba poder y una postura que irradiaba un control absoluto.
—Siéntate, Elena —su voz era un barítono profundo, suave pero con un filo de acero que le erizó la piel.
—Señor Blackstone... yo... le agradezco que me reciba. Sé que mi situación con el préstamo es... complicada —balbuceó ella, sentándose en el borde de una silla de terciopelo.
Damián se giró lentamente. Elena contuvo el aliento. Era más joven de lo que imaginaba, de unos treinta y tantos años, con facciones talladas en piedra y unos ojos de un azul tan claro que parecían de cristal. Pero había algo en su mirada que la hizo sentir desnuda; no era lujuria, era algo más clínico, más invasivo. Era la mirada de un hombre que diseccionaba lo que veía.
—He revisado tu historial, Elena —dijo él, rodeando el escritorio con elegancia depredadora—. Debes más de lo que ganarías en tres vidas trabajando como mesera. Tus acreedores no son gente paciente. Mañana, tú y tu madre estarán en la calle.
Elena bajó la mirada, las lágrimas picando en sus ojos. —Lo sé. Por eso estoy aquí. Haré cualquier trabajo. Limpieza, administración, turnos dobles...
Damián dejó escapar una risa seca, sin rastro de humor. —No te llamé para que limpies mis oficinas. Tengo máquinas y personal para eso. Te llamé porque tienes algo que necesito. Algo que solo una mujer en tu estado de vulnerabilidad absoluta puede ofrecer.
Damián se inclinó sobre el escritorio, invadiendo su espacio personal. Elena podía oler su perfume, una mezcla de tabaco fino y peligro. Él no la tocó, mantuvo una distancia exacta de diez centímetros, pero su presencia era asfixiante.
—Te propongo un contrato —continuó él, dejando un documento sobre la mesa—. Yo pagaré todas tus deudas. Pondré a tu madre en la mejor clínica del país y te daré una asignación mensual que nunca soñaste.
Elena parpadeó, aturdida. —¿A cambio de qué? —susurró con la voz quebrada.
Damián fijó sus ojos en los de ella. Por un segundo, una sombra de algo oscuro y roto cruzó su mirada, un destello de un trauma que ella no podía comprender.
—A cambio de tu entrega —sentenció él—. No a mí. Yo no toco lo que poseo. Te entregarás a los hombres que yo elija. En habitaciones que yo diseñe. Bajo condiciones que yo imponga.
Elena sintió que el mundo daba vueltas. —¿Quieres que sea una... prostituta?
—No —respondió él con frialdad—. Quiero que seas mi centro de observación. Yo estaré allí, Elena. En cada habitación, tras un cristal. Veré cada caricia que recibas, cada beso que te den, cada reacción de tu cuerpo. Serás mi ventana a un placer que yo no puedo tocar.
El silencio que siguió fue absoluto. Elena lo miró horrorizada, pero Damián no se inmutó. La observaba con una intensidad aterradora, como si estuviera esperando ver el momento exacto en que su moral se quebraba bajo el peso de la necesidad.
—Tienes diez minutos para firmar, Elena —dijo él, extendiéndole una pluma de oro—. O puedes salir por esa puerta y esperar a que los cobradores de deudas te encuentren esta noche.
Elena miró la pluma y luego el contrato. Sabía que, si firmaba, su alma ya no le pertenecería. Lo que no sabía era que Damián Blackstone ya había decidido que, aunque no pudiera tocarla, ella se convertiría en su obsesión más peligrosa.







