El mundo se detuvo.No era la pregunta en sí. Era el tono. Ese tono seco, cortante, casi irritado que usaba en las reuniones cuando alguien llegaba tarde con los informes o cuando un proveedor intentaba subir precios sin justificación. El mismo tono que había usado conmigo cientos de veces antes de que todo esto, el contrato, la boda falsa, la convivencia, empezara. Como si yo fuera un inconveniente administrativo. Como si el calor que aún nos envolvía, el roce de mis dedos entre los suyos, la forma en que mi cuerpo seguía pegado al suyo, no significara absolutamente nada.Sentí cómo la sangre me abandonaba la cara. Luego volvió de golpe, ardiente, humillante, subiéndome por el cuello hasta las orejas.Solté su mano como si quemara.Me aparté tan rápido que casi me caigo de la cama. El colchón se hundió, las sábanas se enredaron en mis piernas y terminé sentada en el borde, de espaldas a él, con los brazos cruzados sobre el pecho como si eso pudiera protegerme de la vergüenza que me e
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