—Hija —dijo mi madre, voz temblorosa, corriendo hacia la cama—. Nos llamó el hospital. Llamaron a tu número de emergencia. ¿Estás bien? ¿Qué pasó? Mi padre se acercó más lento, pero sus ojos estaban fijos en mí, llenos de un miedo que me rompió el corazón. —Chloe… —murmuró, voz ronca por la tos crónica. Sebastián se enderezó despacio, soltándome con cuidado. Se levantó de la cama, pero no se apartó del todo. Se quedó a mi lado, como una sombra protectora. Mi madre lo miró de arriba abajo, confundida. Mi padre frunció el ceño. —Sebastián Blackwood —dijo simplemente, sin más. Solo su nombre y apellido, como si eso explicara todo. Mis padres se miraron entre sí, sin entender. Mi madre volvió a mirarme, buscando respuestas en mi cara. Sebastián tomó la palabra antes de que yo pudiera hablar. —Hubo un accidente esta mañana —explicó, voz grave y controlada, aunque todavía se le notaba el temblor sutil—. El coche en el que venía Chloe chocó con un camión que no respetó el stop
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