Sebastián apareció en la cocina exactamente siete minutos después.
Lo supe porque conté los segundos en mi cabeza como si fuera una cuenta regresiva para una explosión. Llevaba pantalón de chándal gris oscuro, de esos que caen justo en la cadera, y una camiseta negra ajustada que no ayudaba en absoluto a borrar la imagen que todavía me quemaba la retina. El pelo todavía húmedo, peinado hacia atrás con los dedos, algunas gotas rebeldes deslizándose por la sien.
No dijo buenos días. Solo se ace