El mundo se detuvo.
No era la pregunta en sí. Era el tono. Ese tono seco, cortante, casi irritado que usaba en las reuniones cuando alguien llegaba tarde con los informes o cuando un proveedor intentaba subir precios sin justificación. El mismo tono que había usado conmigo cientos de veces antes de que todo esto, el contrato, la boda falsa, la convivencia, empezara. Como si yo fuera un inconveniente administrativo. Como si el calor que aún nos envolvía, el roce de mis dedos entre los suyos, la