El Bentley avanzaba por las calles aún casi vacías de la ciudad, con el sol de febrero apenas despuntando y tiñendo todo de un gris suave y frío. Sebastián conducía con esa precisión suya de siempre: una mano en el volante, la otra en la palanca de cambios, rozando apenas mis nudillos cada vez que cambiaba de marcha. No era intencional... o quizás sí. Con él, nunca se sabía.
Yo miraba por la ventanilla, fingiendo interés en los semáforos y los pocos coches madrugadores, pero mi mente seguía dan