Las dos semanas siguientes son un regalo y una tortura al mismo tiempo.En los jardines de invierno, bajo el sol pálido de la tarde, Ágatha sostiene a Liam en su regazo. Sus manos, aunque visiblemente más delgadas y temblorosas, acarician la espalda del bebé con una sabiduría antigua.—No le des carne todavía, Lía —aconseja Ágatha con voz suave, mirando a su nieto intentar morderse el puño—. Su estómago es delicado. Empieza con puré de manzana asada y peras. Y cuando empiece a caminar... —Ágatha tose un poco, cubriéndose la boca con un pañuelo que esconde rápidamente—. Cuando empiece a caminar, no corras a levantarlo cada vez que se caiga. Deja que aprenda a levantarse solo, así se crían los fuertes.—Manzanas y dejarlo cae, entendido —musita Lía, con un tono algo melancólico.Intenta sonreír, en verdad que sí, pero sus ojos escanean el rostro de su madre y no puede. La piel de Ágatha está cada vez más gris, las venas negras de sus muñecas han subido por sus brazos, ocultas bajo las m
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