El viento helado de la entrada del palacio agita la capa raída de la mujer. Ágatha tiembla, pero no solo de frío, tiembla ante la imponente figura del Rey que una vez fue su gran amor y que ahora la mira como si viera a un fantasma.
Y sabe que, de cierta manera, lo es.
—Ágatha, no creo que tengas algo aquí —le dice él con seriedad.
Darius mira a la mujer, mira al Rey y sabe que dentro de su amigo debe estarse formando una tormenta peor que las vividas en el invierno que dejaron atrás.
La mujer