Tras quedar en la solitaria torre de castigo, Lía se queda dormida, presa de las emociones que el episodio le ha dejado y de los malestares que ha tenido desde hace días.Sin saber cuánto tiempo pasa, el despertar no es suave, sino que es un golpe seco contra la realidad.Lía abre los ojos y lo primero que siente es el frío. Uno húmedo, cruel, que se le mete en los huesos y la hace tiritar violentamente. No hay sábanas de seda, ni chimenea encendida, ni el calor reconfortante de Magnar a su lado.Solo hay piedra gris y oscuridad, y ella permanece desnuda, cubierta con la delgada sábana con el olor a un lobo que no es su esposo. La lanza lejos, prefiere quedarse desnuda, aterida, pero no con ese olor sobre ella.Intenta incorporarse, pero un mareo repentino la obliga a apoyar la frente contra el suelo. Su cabeza palpita con un ritmo sordo y doloroso, como si alguien hubiera estado golpeando su cráneo desde dentro.—¿Dónde...? —su voz sale ronca, apenas un susurro.Se lleva una mano a l
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