Capítulo 32. Reencuentro con Tarō.
La tarde caía con un sol suave que teñía de dorado los muros de la casa. Eliot aparcó frente al portón y, tras unos segundos de silencio, abrió la puerta trasera de su carro. Tarō saltó al jardín con energía contenida: ya no era el cachorro torpe de hacía unos años, sino un perro adulto de pelaje espeso, color cobrizo que brillaba al sol. Su cola se agitaba como un estandarte de pura emoción, y sus orejas erguidas captaban cada sonido de aquel entorno desconocido.Eliot aguardó en la entrada con una calma forzada. La empleada apareció primero, con su discreta formalidad, para indicarle que esperara allí, que Seiya ya venía.Un par de minutos después, la puerta principal se abrió. Seiya salió con sus dos hijas, tomadas de la mano: Kaori a la izquierda, sonriente y vivaz, y Seiren a la derecha, más seria, su expresión contenida, aunque atenta a cada detalle.En cuanto Tarō los vio, se puso a ladrar con entusiasmo, tirando de la correa, el cuerpo entero vibrando de alegría. Kaori abrió l
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