Capítulo 40. El gran corazón de Seiya.

El amanecer llegó sin la calidez que había dejado atrás en Verona. El silencio de la casa era distinto: demasiado quieto y ordenado, como si todo se esforzara por no delatar el vacío.

Seiya abrió los ojos en una cama grande, ajena a la costumbre reciente de compartirla con risas, discusiones o simplemente con la respiración tranquila de Eliot al otro lado. No había huellas en las sábanas, ni olor de sus feromonas en el aire. Solo el frío.

Durante un segundo intentó convencerse de que no importa
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