Capítulo 32. Reencuentro con Tarō.
La tarde caía con un sol suave que teñía de dorado los muros de la casa. Eliot aparcó frente al portón y, tras unos segundos de silencio, abrió la puerta trasera de su carro. Tarō saltó al jardín con energía contenida: ya no era el cachorro torpe de hacía unos años, sino un perro adulto de pelaje espeso, color cobrizo que brillaba al sol. Su cola se agitaba como un estandarte de pura emoción, y sus orejas erguidas captaban cada sonido de aquel entorno desconocido.
Eliot aguardó en la entrada co