Capítulo 33. Manual del intruso cariñoso.

La mañana era luminosa y tibia, de esas en las que el aire parece invitar a sonreír a todos.

Menos a Seiya. Arrastraba el equipaje hasta el maletero del auto con la misma energía con la que uno caminaría hacia una ejecución pública. No entendía en qué momento había dicho que sí. Eliot Foster tenía que ser un demonio disfrazado de hombre; solo así se explicaba que, contra toda lógica, hubiera aceptado pasar unos días en Verona.

El golpe seco de la maleta al caer en el maletero rompió el silencio
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