Capítulo 35. Romeo y Julieta
El cielo se teñía de tonos dorados mientras la cocina aún conservaba el aroma de la salsa que Seiya y Eliot habían dejado a medio preparar antes de la irrupción de Nataniel con sus regalos. Las niñas, absortas con sus muñecas nuevas, jugaban en el suelo bajo la mirada atenta de Tarō, que dormitaba cerca como un guardián pelirrojo.
Entre risas y agradecimientos, Seiya, siempre cortés, volvió a la conversación con naturalidad.
—Estábamos preparando una pasta… ¿quiere acompañarnos a cenar, señor F