Capítulo 38. Desayuno con ultimátum
El sol ya estaba alto cuando Seiya abrió los ojos. Por un instante no pensó en nada más; estaba envuelto en el calor de las sábanas y en el cuerpo firme de Eliot, aún recostado a su lado. Aspiró hondo, y el rastro de whisky y miel oscura lo golpeó con la misma calma que la noche anterior lo había enloquecido. Lo llenaba, lo desarmaba. Era imposible negar lo evidente: su piel, su respiración, hasta su defensa férrea… todo estaba rendido a ese alfa y eso lo aterraba. Porque, aunque quisiera conve