El laboratorio de Thorne, una vasta cámara donde la tecnología de la Fundación se entrelazaba con las interfaces biorgánicas de los Cosechadores, zumbaba con una urgencia eléctrica. Amelia permanecía en el centro de una red de hologramas, con sus manos extendidas hacia el vacío, interceptando ráfagas de datos que fluían desde el lugar del impacto en el Mar de Plata.
Thorne, cuyas manos se movían sobre teclados de luz con una velocidad que desafiaba sus años, tenía el rostro bañado en un sudor f