La luz de los soles gemelos de Argentia —el dorado y el violeta— se filtraba a través de los ventanales de la Ciudadela con una intensidad que Julian Vance encontraba casi insoportable. Durante diez años, ese paisaje había sido su redención, pero ahora, cada rayo de luz le recordaba el frío metálico de la Torre Prometheus y el rostro de los clones que compartían su misma sangre y su mismo destino truncado.
Julian permanecía en el balcón del Gran Salón, con su túnica gris ondeando bajo la brisa