El silencio que siguió al apagado de los motores fue más denso que el del espacio profundo. Era un silencio cargado de vida: el zumbido de insectos invisibles, el susurro del viento entre hojas que nunca habían sentido la contaminación de la Tierra y el latido mismo de un planeta virgen.En la rampa principal de la Ciudadela, Julian y Amelia esperaban. No había cámaras, ni discursos diplomáticos, ni el miedo de la Fundación. Detrás de ellos, los clanes de vampiros y los civiles humanos se agolpaban, conteniendo el aliento, esperando a que sus líderes dieran el primer paso hacia su nueva existencia.Alistair se adelantó. A sus cinco años, el niño caminaba con una solemnidad que hacía que incluso Valerius, el guerrero más endurecido, inclinara la cabeza. El niño llegó al borde de la rampa, miró el horizonte donde el sol dorado se ocultaba y el sol violeta ascendía, y extendió su mano.—Está vivo —susurró Alistair, y su voz resonó en los corazones de todos los presentes—. El planeta
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