Dos años después del Nacimiento en el Nadir...La Ciudadela de los Ecos ya no era el mausoleo de piedra fría y silencio sepulcral que solía ser. Ahora, sus pasillos de obsidiana vibraban con una energía que desafiaba las leyes de la termodinámica. Las paredes, antes desnudas, estaban cubiertas por dibujos que no habían sido hechos con tiza o carbón, sino quemados directamente en la roca por dedos que desprendían fotones.Alistair, a sus apenas dos años de edad, no caminaba; se desplazaba con una gracia predadora que recordaba a Julian, pero con una ligereza que sugería que la gravedad era, para él, una sugerencia opcional. Su cabello, negro como una noche sin estrellas, contrastaba con su piel de mármol y sus ojos de plata líquida, que parecían procesar el mundo en dimensiones que sus padres apenas podían intuir.—¡Alistair! ¡Bájate de ahí ahora mismo! —la voz de Amelia resonó en el gran salón.Amelia estaba de pie cerca de la mesa de mapas, con una mano en la cadera. Se veía más fuer
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