La medianoche sobre Manhattan no trajo el pulso de neutrones, sino algo mucho más denso: una niebla plateada que nacía de las manos de Alistair y se extendía desde el Upper West Side hasta las costas de Queens. No era una niebla natural; era un velo de interferencia cuántica que dejaba ciegos a los satélites de la Fundación. En el centro de esa bruma, el Nido de Plata se erguía como una aguja de obsidiana, protegida por el poder de tres linajes.
En el salón principal, Julian terminaba de ajusta