Malakai, el Primarca del Cónclave de los Siete Círculos, no sentía el frío de la montaña, aunque la nieve le llegaba a las rodillas. Sus ojos, inyectados en una sustancia que brillaba con el verde ponzoñoso de la magia prohibida, estaban fijos en el vacío del cielo donde, hacía apenas unas horas, la realidad se había rasgado para dejar pasar a los fugitivos.Se encontraba en el centro de un círculo de ceniza, rodeado por los cadáveres calcinados de sus propios acólitos. Eran el precio que había pagado por intentar detener el corazón del Heredero; una inversión necesaria para lo que vendría después.—¿Son ellos? —preguntó una voz que no venía de la garganta de ningún hombre.Malakai se giró. Frente a él, suspendido a unos centímetros del suelo, flotaba un dron de la Fundación Prometheus, pero no era un modelo estándar. Estaba recubierto de una aleación dorada que vibraba con una frecuencia alienígena. A través de los sensores del dron, el Director Kaelen observaba desde algún búnker se
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