El portal se abrió sobre el Hudson con el estruendo de un trueno seco. No fue una entrada sutil; la realidad se rasgó en un vórtice de antimateria negra y destellos de plata líquida. De la brecha emergió la Ciudadela de los Ecos, o lo que quedaba de ella: un fragmento masivo de roca de obsidiana que flotaba sobre las aguas turbias del río, desafiando todas las leyes de la física humana.
Julian estaba de pie en la proa de la roca flotante, con sus alas de sombra desplegadas para estabilizar el d