El espacio alrededor de Argentia ya no era un vacío negro; era una sustancia viva, una gelatina de antimateria que palpitaba con el latido de los Devoradores. En el centro de esa tormenta de irrealidad, dos figuras se enfrentaban, suspendidas sobre el abismo.Julian Vance, el Rey de las Cicatrices, vestía su armadura de combate más pesada, una reliquia de obsidiana que absorbía la poca luz que quedaba en el sistema. Frente a él, a menos de cien metros, flotaba Elias. El joven ya no parecía humano. Su cuerpo era una silueta de energía violeta oscura, y detrás de él, el tejido del espacio se abría como una herida infectada, revelando los ojos infinitos de las entidades del Vacío.—Padre, has venido a intentar cerrar la puerta —la voz de Elias no vibraba en el aire, sino que resonaba directamente en los huesos de Julian—. Pero la puerta siempre estuvo abierta. Tú solo eras el cerrojo que se negaba a girar.—Elias, vuelve conmigo —dijo Julian, su voz proyectada por los amplificadores de s
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