El silencio que siguió a la caída de la Estación Ícaro no fue de paz, sino de agotamiento. Tres meses habían pasado desde que el cielo de Argentia dejó de brillar con el azul eléctrico de Silas, recuperando su tono violeta natural. Sin embargo, en el Palacio de los Vance, las luces nunca se apagaban.El Reposo del EscudoEn la cripta real, tallada en el corazón de la montaña de cristal, el cuerpo de Alistair descansaba sobre un lecho de plata pura. No era una tumba, sino un capullo. Las heridas de su piel se habían sellado, pero sus ojos seguían cerrados. Amelia pasaba allí la mayor parte del tiempo. Su luz, antes una explosión solar, ahora era un suave resplandor de vigilia.—Ha pagado el precio de nuestra libertad —susurró Amelia, sintiendo la presencia de Julian a sus espaldas.Julian Vance ya no vestía su armadura de batalla. Su brazo de cristal negro, ahora inerte y opaco, colgaba a su costado como un recordatorio de la tiranía que habían derrocado. Se acercó a su esposa y puso s
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